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Un soñador, un proyecto


 

 

 

Un soñador, un proyecto

Autor: Juan Adrada

Siendo apenas un niño, con poco más de siete u ocho años, allá por los años sesenta del siglo pasado, mi madre me compró un libro que ha marcado mi vida en muchos sentidos. Se titulaba Maravillas del Mundo y estaba editado por el Círculo de Lectores. Aún lo conservo y con frecuencia ojeo sus páginas, amarilleadas por el paso del tiempo, para rememorar las intensas emociones que me hacía sentir en mi niñez. El libro, de gran formato, daba protagonismo a las fotografías, en color y de enormes dimensiones, sobre los textos, que eran breves, apenas una introducción a cada lugar visitado. Organizado geográficamente por continentes, iba mostrando uno a uno todos aquellos lugares que el autor creía dignos de admiración, por suponer grandes realizaciones humanas en la antigüedad, retos tecnológicos de nuestra cultura moderna o espectaculares ejemplos de belleza natural. De las pirámides de Egipto a los templos del Yucatán, de los palacios de Bangkok al Gran Cañón del Colorado, de la torre Eiffel a las pagodas budistas de Birmania. El que muchos de esos lugares fuesen remotos, casi inaccesibles, aun excitaba más mi imaginación y mi ansia de aventura, y poco a poco fui alimentando la idea de que alguna vez los vería todos. No verlos en fotografías, verlos en persona.Yo quería estar allí.

El destino han querido ser generoso conmigo y permitirme realizar mis sueños, y cuando ahora vuelvo sobre el viejo libro, compruebo emocionado que efectivamente he podido ver en persona la mayoría de esos sitios sorprendentes. Y los que no, aún esperan en la lista de tareas pendientes por realizar. Ya llegará el momento. Cuando inicio una nueva aventura, busco que la ruta coincida con uno de esos lugres. Ninguno me ha defraudado nunca, todos me han ofrecido lo mejor, una vivencia del alma fruto en gran parte de haber sabido conservar en el tiempo esa forma inocente de ver las cosas como cuando era niño. Supongo que son las ventajas de vivir un Ideal como el que propone Nueva Acrópolis, que despierta los ojos del alma y nos permite ver en lo más profundo, dándole a cada experiencia ese sentido trascendente que hacen de un viaje una peregrinación.

Pero en medio de todas estas reflexiones, bien podemos dejar un poco de espacio para una frivolidad, y una de las mías es esto os que os quiero contar hoy. En los años sesenta, la visión que todos teníamos del futuro era mucho más inocente y optimista que la que tenemos ahora. Estábamos aún muy lejos de esas imágenes apocalípticas de un mundo futuro devastado por guerras, virus, contaminación, extraterrestres y zombis, con que nos regalan los comics, las series de televisión, el cine y la literatura actual. En aquellos tiempos lo que prosperaba era el sueño de un mundo futuro en el que la humanidad sería racional, tecnológica, pacífica y feliz, como en un episodio de Star Trek. ¡Qué lejos estábamos de la realidad de nuestros dramas actuales!

Aun así, a veces echo de menos aquella ingenuidad llena de emoción, y quiero agradecer desde estas páginas la ocasión que me han brindado de poder revivirla durante mi viaje a Brasil, invitado por el Director de Nueva Acrópolis Luís Carlos Marques Fonseca, donde tuve la oportunidad de dar algunas clases a los miembros de esta asociación. Si tuviera que contar todas las experiencias vividas con estos grandes idealistas brasileños, no habría hojas en esta revista para abarcarlas todas. Me las han oído relatar de viva voz muchas veces desde que regresé a España, así que tampoco es necesario. Prefiero centrarme en una experiencia personal, que me trasladó a esa niñez y a esas emociones inocentes de las que hablaba antes.

Cuando se editó el libro Maravillas del Mundo, apenas habían pasado unos años desde la fundación de la ciudad de Brasilia, una obra colosal que había sido diseñada y construida en un tiempo record para convertirse en la capital de Brasil, y mi libro le dedicaba un amplio reportaje lleno de imágenes sorprendentes. Sus amplias avenidas y sus edificios futuristas parecían extraídos de una película de ciencia ficción. Aquello era el futuro que yo imaginaba.

Brasilia había sido diseñada y construida gracias a la visión futurista de un soñador llamado Juscelino Kubitschek, en aquel entonces Presidente de Brasil. Un hombre adelantado a su tiempo que quiso combinar en su proyecto la mística de los símbolos antiguos y la eficacia de la moderna tecnología para construir, junto a un numeroso grupo de artistas y creativos, un modelo de ciudad ideal donde dejarían de existir las clases sociales. La ciudad fue levantada sobre un plano en forma de ave o de avión, obra de Lucio Costa, en un terreno árido e inhóspito, convertido en habitable gracias a la construcción de un gigantesco lago artificial que rodeaba la ciudad. La mayoría de edificios destacados fueron diseñados por el arquitecto Oscar Niemeyer, mientras Kubitschek trasladaba a la nueva capital todos los servicios gubernamentales del país, haciendo realidad su proyecto faraónico. No en balde el mismo afirmaba ser la reencarnación de un faraón del antiguo Egipto.

Nunca había estado en Brasilia, que desde hacía mucho tiempo ocupaba un lugar importante en esa lista de tareas pendientes, así que os podéis imaginar mi cara pegada al cristal de la ventanilla del coche cuando, amablemente acompañado por el profesor Marques Fonseca y por mi buen amigo Jean Cesar Antunes, todas aquellas maravillas empezaron a aparecer ante mis ojos: El palacio de la Alborada, residencia presidencial, y el palacio de Planalto, suspendidos ambos sobre las típicas columnas escultóricas del genial Oscar Niemeyer; el palacio del Supremo Tribunal Federal; la Catedral de Nuestra Señora Aparecida, en forma de flor invertida, decorada con espectaculares vidrieras de colores; los edificios gubernamentales disciplinadamente ordenados a todo lo largo del llamado Eje Monumental; y la zona residencial, con edificios de viviendas rodeados de jardines por los que pasear, en barrios autosuficientes diseñados para facilitar la convivencia y el transporte. Y en el lugar más destacado de la ciudad, la plaza de los Tres Poderes, el edifico del Congreso Nacional de Brasil, con sus dos cúpulas –una invertida para recoger las ideas del pueblo y otra sobre la sede del Senado para inspirar el buen gobierno a los representantes de la nación–, en cuyo interior, la Cámara de Diputados ha homenajeado la labor de Nueva Acrópolis en un pleno extraordinario que conmemoraba el 30 Aniversario de nuestra institución en Brasil.

Qué queda de aquella visión futurista de Juscelino Kubitschek es difícil de definir. La superpoblación que arrasa cada rincón de nuestro planeta ha hecho mella también en Brasilia, y problemas como el tráfico o la delincuencia se imponen al sueño inicial. Pero no todo está perdido. Donde existieron soñadores capaces de realizar proyectos que movieron a millones de personas, queda el ejemplo que inspira nuestra propia capacidad para seguir soñando y plasmado todas las buenas acciones que los miembros y voluntarios de Nueva Acrópolis vienen realizando desde hace tantos años, y la seguridad de que, cuando uno cree firmemente en lo que está haciendo, los sueños se convierten en realidad.

Tal vez los miembros y voluntarios de Nueva Acrópolis no seamos la reencarnación de un faraón de Egipto… O sí. Sea como fuere, nuestros sueños sí que son así de grandes, y nuestra voluntad para plasmarlos, así de fuerte.