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La deformación craneana entre los pueblos primitivos de Sudamérica


 

 

 

La deformación craneana entre los pueblos primitivos de Sudamérica

Autor: Juan Adrada

“Se llaman a sí mismos Chaucos: son tan grandes que parecen pequeños gigantes, con rostros muy alargados y cabezas anchas; ya que en esta provincia de Quinbaya, como en otros lugares de estas Indias, cuando nace un niño, le dan a la cabeza la forma que desean con métodos que ellos tienen, de manera que algunos carecen de una prominencia occipital, otros tienen la frente alta, mientras otros la hacen larga. Hacen esto cuando están recién nacidos con tablas y luego con algunas amarras”.

“Desde el nacimiento ellos amarran la cabeza del niño y la colocan entre dos tablas atadas de tal modo que cuando llega a los cuatro o cinco años sea ancha y larga y sin prominencia occipital. Y muchos de ellos hacen esto, no estando contentos con la cabeza que Dios les dio ya que desean darle la forma que a ellos les agrada y así, son anchas y otras largas. Dicen que dan a la cabeza estas formas para que puedan ser más saludables y más trabajadores”.

Esta descripción tan explícita hecha por Pedro Cieza de León, compañero de Pizarro y autor en 1553 de la Crónica del Perú, es el primer testimonio que da cuenta de la costumbre prehispana de ciertos pueblos sudamericanos de practicar deformaciones craneanas en los niños. Con posterioridad, son muy numerosas las investigaciones realizadas por prestigiosos arqueólogos desde que Mariano E. Rivero y John J. von Tschudi comenzaran su clasificación de formas craneanas precolombinas a mediados del siglo pasado. Alex Hrdlicka, José Imbelloni, T. D. Steward, Georg K. Newmann y Juan R. Munizaga continuaron estos estudios a lo largo de todo el siglo XX reconociendo la existencia de diferentes variantes en las técnicas de deformación pero sin llegar a elaborar ninguna clase de registro de los mismos. La primera labor clasificatoria se debe al profesor Pedro Weiss de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima quien en 1.961 confeccionó una lista de doce variantes reconocidas en sus investigaciones en Perú, e intentó relacionarlas con diferentes artefactos que ejercerían una presión mecánica sobre los cráneos por distintos medios.

No es hasta 1979 que se da a conocer el que hasta la fecha es el trabajo de clasificación y estudio más exhaustivo realizado sobre el tema. Financiada en parte por la National Geographic Society, la investigación realizada por los profesores Marvin J. Allison y Enrique Gerszten de la Virginia Commowealth University, Juan Munizaga de la Universidad de Santiago de Chile, y Calogero Santoro y Guillermo Focacci de la Universidad de Tarapacá, fué publicada en la revista Chungará, el órgano de difusión científica del departamento de antropología y arqueología de la Universidad de Tarapacá.

Para la realización de la misma, el equipo de científicos examinó un total de trescientas cincuenta y seis momias pertenecientes a catorce grupos culturales diferentes de las regiones andinas, a lo largo de mil doscientos kilómetros de costa, entre las poblaciones de Huacho en Perú y Arica en el norte de Chile. Los grupos culturales estudiados abarcaban un periodo histórico muy amplio que se extendía entre los años 5.000 y 400 a.C. Las excavaciones se realizaron con disciplina científica en cementerios identificados, describiendo y clasificando los diferentes artefactos deformadores encontrados en cabezas de momias de niños, y las deformaciones craneanas observadas en los diferentes individuos.

Tal como describe el doctor Kauffmann Doig, la deformación del cráneo le era practicada al niño por su propia madre desde el momento de nacer. El pequeño era fajado con una ancha venda que le rodeaba firmemente piernas y brazos obligándolo a permanecer en posición erecta. En esta posición permanecía la mayor parte del tiempo durante los primeros años de su vida, transportado por su madre en una cuna portátil que llevaba incorporada el artefacto deformador del cráneo. Según Kauffmann Doig, esta costumbre de fajar a los bebés aún subsiste entre los campesinos del Perú actual y responde a la creencia de que mantenida en esta posición, la criatura puede alcanzar ya adulta la fortaleza de músculos y huesos deseada.

Los aparatos deformadores eran de lo más variado. El equipo de investigadores describió once artefactos diferentes, algunos de los cuales eran ya conocidos, aunque de muchos de ellos se informaba por primera vez. Los más comunes en la cultura Paracas, una de las más conocidas por sus prácticas deformatorias, constaban de una almohadilla de tejido rellena de lana y una rosca también rellena de lana que se sujetaban sobre las zonas frontal y occipital gracias a cordones o a una banda de tejido. Otro tipo, asociado a la cultura Tiahuanaco, estaba compuesto por una banda tejida ajustada con una serie de amarras a la cabeza del niño, que estaba protegida por una cubierta de lana sin hilar. Este tipo de aparatos podía provocar un variado tipo de deformaciones dependiendo del ajuste de las amarras. El deformador más comúnmente usado en la cultura Huari estaba compuesto por un gorro tejido cuya parte trasera tenía anexa una bolsa plana llena de cañas pequeñas que se mantenía en la región occipital gracias a una almohadilla rellena de lana, con bandas largas que llegaban hasta los pies del niño. Aunque se han observado varios tipos de lesiones en los cráneos debidas al uso de estos artefactos, lo cierto es que en ningún caso llegaban a resultar fatales, ni provocaban ninguna clase de discapacidad física o mental.

Además de los aquí descritos, en los gráficos adjuntos puede observarse un variado número de aparatos y algunas de las deformaciones características que provocaban. En el noventa por ciento de las momias peruanas la deformación practicada era del tipo bóveda baja, mientras que entre las chilenas lo era tan solo el cincuenta por ciento, correspondiendo la otra mitad al tipo bóveda alta, de mayor rango.

Como decíamos al principio, la práctica de la deformación intencional del cráneo estuvo muy extendida entre los pueblos andinos precolombinos, y abarca una extensión de tiempo muy considerable debiendo comenzar según el profesor Juan Munizaga en el 3.500 a.C. siendo la cultura del valle de Azapa cerca de Arica en Chile, la primera en orden cronológico en la que se usó.

Paracas en Perú, fue algunos siglos más tarde, en el 2.600 a. d. C., uno de los principales núcleos que hacía uso de turbantes con deformación craneana de bóveda alta. La primitiva cultura Paracas fue descubierta por el profesor Julio C. Tello en 1.958 quién excavó un importante cementerio al sureste de la bahía al cual daría el nombre de “Cabezas Largas” por la gran cantidad de cráneos deformados artificialmente hallados en ese lugar. El grupo cultural Paracas se fusionaría con otro grupo también peruano, la cultura Nazca, que sobreviviría cerca de mil años, mientras contemporáneo a Paracas y a la temprana Nazca, aparecía al norte de Chile y sur del Perú una nueva cultura caracterizada por su singular estilo de enterramientos en forma de túmulos, se trata del grupo cultural de Alto Ramírez. Algunos de estos túmulos llegaban a albergar hasta quinientos cuerpos con deformaciones craneanas del tipo bóveda alta. De los ajuares funerarios hallados se deduce que pudiera tratarse de enterramientos de guerreros pertenecientes a un pueblo de invasores del valle de Azapa ajeno a la cultura local.

En las culturas más tardías de Perú las deformaciones observadas son esencialmente de bóveda baja con muy pocas variantes. Maitas Chiribaya, Cabuza, Tiahuanaco, Huari, Ica y San Miguel son algunos otros grupos culturales que sucedieron a los ya mencionados en esta práctica ancestral hasta la llegada del imperio incaico en el que prácticamente desaparece, siendo el departamento de Ica en Perú y los alrededores de Arica en Chile los principales asentamientos de estos pueblos que a pesar de su origen andino, solían situar sus cementerios en las zonas costeras donde han sido descubiertos y estudiados por la ciencia arqueológica.

A pesar de todos los estudios realizados, el procedimiento reduccionista de la investigación científica actual es insuficiente para trascender lo meramente descriptivo y especulativo, y casi nada se puede aportar con seguridad sobre el motivo o significado de tales prácticas. Las hipótesis planteadas por los diferentes autores reducen el fenómeno de las deformaciones craneanas a una simple composición estética, un signo de distinción de determinadas clases sociales o grupos de conquistadores que debiendo convivir en lo sucesivo con los pueblos vencidos, se diferenciaban de estos recurriendo a la deformación artificial del cráneo entre sus descendientes.

Se cree que la práctica de la deformación craneana entre los guerreros estaba motivada por el deseo de adquirir un aspecto más alto, más terrorífico y atemorizante. De la observación de numerosos individuos exhumados se ha comprobado que estas deformaciones facilitaban el uso de turbantes de cuerda que envolvían la cabeza y que eran utilizados para protegerla de los golpes en tiempos de guerra. Sí se sabe de cierto que la deformación provocaba un fortalecimiento del cráneo, debido al engrosamiento óseo provocado por lo que se conoce en la ciencia médica como hiperosificación esponjosa de cierre causada por talasemia. Existen referencias de este fenómeno en varios autores de la antigüedad. Herodoto menciona la práctica de la deformación intencional entre los egipcios y le atribuye a esta la dureza extraordinaria de sus cráneos. También Fernández de Oviedo y Valdés en su Historia General y Natural de las Indias previene a los soldados españoles de golpear a los indios en la cabeza con sus espadas dada la enorme probabilidad de que resulte rota la espada y no la cabeza del indio.

Sobre la posibilidad mencionada a veces de que esta costumbre responda a algún tipo de práctica iniciática de características esotéricas, lo cierto es que no existe ninguna evidencia arqueológica de ello, aunque esta ausencia de conclusiones al respecto podría ser consecuencia del propio método arqueológico, que suele enajenarse con relativa frecuencia del trasfondo antropológico que emana de toda cultura. El profesor Fernand Schwarz en su estudio sobre las civilizaciones precolombinas, explica lo erróneo de estudiar al hombre y a las civilizaciones antiguas exclusivamente desde la perspectiva social y económica, olvidando el aspecto mágico y religioso, que en estas culturas trascendía e integraba cualquier otra actividad del hombre. La ciencia arqueológica suele juzgar al hombre precolombino como una raza primitiva y salvaje, olvidando que todas sus realizaciones materiales estaban en íntima relación con un pensamiento simbólico en el que coexistían el mundo físico y el metafísico.

Existen muy pocos datos sobre los mitos y creencias de estos pueblos tan antiguos, pero la repetición de esta práctica de deformación artificial del cráneo a lo largo de un periodo de tiempo tan largo invita a pensar que nos encontramos frente a una tradición de raíces muy antiguas, que bien pudo responder en un principio a una necesidad mística: la de participar en un universo mágico, en una realidad que trascendiese la limitación espacial y temporal, una toma de conciencia de lo sagrado en la que la dimensión mental del individuo participase de la dimensión mental de la naturaleza y del universo. No es de extrañar que así lo fuera alguna vez dado el carácter fundamentalmente religioso del hombre precolombino. También es probable que con el tiempo esta práctica perdiese su significado original dada la generalización que se observa de su uso. Así, una tradición con significado trascendente habría terminado convirtiéndose en un conservadurismo de formas externas que hacía mucho habían perdido su sentido primario, quedando ahora sí, como parte únicamente de un canon estético comúnmente aceptado, tal como nos lo explica la ciencia arqueológica.

El setenta por ciento de las momias analizadas presentaban algún tipo de deformación. Este elevado porcentaje, que en cuatro de los catorce grupos culturales estudiados llegaba a alcanzar el cien por cien de los individuos exhumados, no invita a pensar en ninguna clase de elite sacerdotal que realizase estas prácticas con fines rituales, pero esto no contradice la posibilidad de que fuese así en un pasado remoto. Si tuvieron algún tipo de significación mágica, debió tratarse de prácticas muy antiguas que en un momento dado pierden su sentido ritual, para posteriormente comenzar a decaer conforme las sociedades se tornaban más complejas. Esto se evidencia en el hecho comprobado de que esta costumbre era más común entre los grupos culturales menos desarrollados, mientras que entre las culturas urbanas más modernas y con elaborados sistemas sociales, va perdiendo relieve hasta desaparecer prácticamente en la época de imperio incaico.

La extraña práctica de la deformación craneana entre los pueblos andinos precolombinos es un misterio más que demuestra el escaso conocimiento que tenemos de estas primitivas culturas y de sus motivaciones, tan ajenas a las del hombre actual. Para llegar a un conocimiento de las mismas, será necesario que trascendamos nosotros también el simple estudio de los elementos materiales y lleguemos a lo psicológico, intentando comprender esa especial visión del mundo en la que se integraban todas las actividades del hombre, y en el que las tradiciones eran el medio de comunicación con una realidad atemporal e inmensurable.