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Florencia, El Renacimiento hecho ciudad


 

 

 

 

 

 

 

 

Florencia, El Renacimiento hecho ciudad

Autor: Juan Adrada

Cuáles son los motores ocultos que hacen que un sinnúmero de genios del arte, la ciencia, y la filosofía converjan de pronto en un mismo lugar y en una misma época, es algo que seguramente nunca sabremos. Debemos imaginar que un fenómeno como el del Renacimiento italiano es el resultado de un montón de fuerzas convergentes que, como si de un alumbramiento se tratase, en un momento determinado lanzan al mundo los frutos de siglos de paciente espera y trabajo. Seguramente muchos preferirán afirmar que no es así y que todo es simplemente producto de la casualidad y nada más. No voy a discutirlo. Pero si así fuese, ojalá pudiéramos disfrutar más a menudo de casualidades parecidas.

El periodo renacentista se sitúa entre los años 1.400 y 1.600, con un preludio que efectivamente comienza a gestarse desde finales del siglo XIII y a todo lo largo del XIV o trecento. Florencia es sin duda la capital del Primer Renacimiento o quattrocento, mientras que durante el periodo posterior, el Alto Renacimiento o cinquecento, el centro de atención se traslada a Roma. Los triunfos de la Iglesia Católica durante la conflictiva Alta Edad Media, se habían ido desvaneciendo a partir del desmembramiento del Sacro Imperio Romano Germánico. El ideal de convertirse en la regente de la vida espiritual, política y material de Europa, dio paso a una Italia dominada por una nueva clase social: la burguesía. Sus intereses fundamentalmente comerciales encontraron en la ciudad-estado y en el sistema republicano el marco ideal para su expansión. Y aunque la clase burguesa mantiene estrechas relaciones con las autoridades eclesiásticas, nos encontramos ante una sociedad básicamente laica, integrada fundamentalmente por banqueros, artesanos y comerciantes.

En este marco de convulsiones sociales y conflictos tiene lugar el redescubrimiento de la Antigüedad. Los intelectuales volvieron sus rostros a los textos griegos y latinos y más tarde a la arquitectura y el arte clásico. El interés por rescatar lo antiguo sirve de catapulta a una nueva concepción de la filosofía y del arte que no imita, sino que se inspira en lo antiguo para crear algo nuevo. Giorgio Vasari bautizaría a este fenómeno como la rinascita, y Florencia parecía ser el marco ideal para el desarrollo de las nuevas ideas, con sólidos pilares como los de Dante, Petrarca y Boccaccio que sientan las bases del futuro Humanismo, o los estudios clásicos de Coluccio Salutati y Leonardo Bruni.

El viaje que durante el pasado mes de diciembre realizamos un grupo de miembros de la Asociación Cultural Nueva Acrópolis, coincidiendo con el ciclo de actividades dedicadas al Renacimiento italiano que fueron organizadas por esta entidad en toda España, nos mostró una ciudad deslumbrante en la que se entrelazan, como en un encaje arquitectónico, palacios, iglesias y galerías de arte de la más exquisita factura. La traza urbanística de la ciudad deriva de la forma cuadrada de los antiguos castros romanos. La muralla que edificó en su momento Arnolfo di Cambio cambió esta concepción dividiendo a la ciudad en dos distritos, uno religioso en torno al Duomo, con su magnífica cúpula construida por Brunelleschi con un sistema arquitectónico revolucionario y el delicado campanille de Giotto, y otro distrito civil y político alrededor del Palazzo Vechio, en la plaza de la Signoria, en torno a la cual se suceden las edificaciones históricas, desde fortalezas góticas a modernos palacios como Ruccellai, Pitti, Strozzi y Médici-Riccardi.

A principios del siglo XV la catedral de Florencia aún no se había terminado y parecía que nadie la acabaría, ya que las técnicas del momento convertían en imposible el intento de levantar una cúpula de las dimensiones que esta requería. Cuando Brunelleschi inventa máquinas y construye mecanismos que permiten construir una cúpula que se soporta a sí misma sin necesidad de utilizar cimbras durante su construcción, causa la admiración y el asombro de todos. No es de extrañar que su siguiente encargo sea una obra de gran envergadura: la construcción de la iglesia de San Lorenzo. En este magnífico edificio Brunelleschi asocia todo lo aprendido en Roma durante años, midiendo y estudiando los edificios de la antigüedad clásica, con su extraordinario sentido estético y el resultado son las proporciones de un nuevo estilo arquitectónico regido por las matemáticas y el orden racional. La Rotonda de Santa María degli Angeli y la capilla Pazzi, junto a la grandiosa Santa Croce, iglesia gótica que sirve de panteón a las más ilustres personalidades florentinas, serían dos de sus realizaciones más logradas en ese sentido.

A Brunelleschi se debe también un descubrimiento de consecuencias importantísimas en el arte posterior: la perspectiva lineal, es decir, cómo todas las líneas paralelas convergen en un punto de fuga único situado en el horizonte. Cuando Masaccio aplicó este principio a su Trinidad hacia 1.427, los resultados fueron sorprendentes. Pintado sobre los muros de Santa María Novella, el fresco parece una capilla auténtica abierta en una de las paredes de la iglesia, con una bóveda de casetones, a la manera de los edificios romanos, sobre las cabezas de los personajes pintados, de rotundos volúmenes y perfectas vestiduras que “caen” sobre los cuerpos como si fueran objetos independientes. Y hablando de la pintura del Renacimiento, cómo no dedicar unas breves líneas a los monumentos pictóricos dedicados por Botticelli al conocimiento esotérico, en su Nacimiento de Venus y su Primavera, que con tanta emoción contemplamos sobre las paredes de la Galería Uffizi, entre decenas y cientos de obras de arte.

Nuestro recorrido por las obras maestras de la escultura florentina fue casi más emocionante aún. Las famosas puertas de bronce del Baptisterio, bautizadas por Miguel Ángel como “Puertas del Paraíso”, son la obra maestra de Ghiberti, que ya había realizado las anteriores compitiendo para su realización con el propio Brunelleschi. La novedad de esta segunda serie, con temas extraídos del Antiguo Testamento, está en la disposición general, dispuesta en diez paneles rodeados de un friso de sibilas y profetas. Su dominio de la perspectiva es casi más sorprendente que el de Masaccio.

La factura de las “Puertas del Paraíso” inició una larga renovación de la escultura, desde los cánones estéticos del gótico internacional hasta las maravillosas y apasionadas realizaciones de Miguel Ángel. Luca de la Robia, Bandinelli, Cellini y Donatello entre otros, son los artífices principales de esta extraordinaria aventura que culmina en la sobrecogedora escultura del David que Miguel Ángel realizó para exhibirse en la plaza de la Signoria y que en la actualidad puede verse en la sala principal de la Galería de la Academia.

Sería innumerable relatar cuantas cosas más pudimos admirar durante nuestro maravilloso encuentro con una de las ciudades más bellas del mundo: las tiendecitas de Ponte Vecchio, los pórticos de la Santa Annunziata, las maravillas egipcias y etruscas del Museo Arqueológico, las esculturas realizadas también por Miguel Ángel para el panteón de los Médici, los frescos de San Marcos, la loggia del Mercato Nuovo, las esculturas de Donatello para la fachada de Orsanmichelle y un largo etcétera que no siendo exhaustivo, nos obliga a volver en un futuro no muy lejano a la ciudad que cambió el mundo y dio comienzo a la Era Moderna.