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El misterio de las tumbas de Licia


 

 

 

El misterio de las tumbas de Licia

Autor: Juan Adrada

Probablemente Licia es una de las regiones más fascinantes y evocadoras del planeta. Situada en la costa mediterránea del sur de Turquía, sus paisajes sembrados de ruinas y tumbas han cautivado a los viajeros de todos los tiempos. Su moderno descubrimiento se debe al arqueólogo británico Charles Fellows que exploró estas tierras entre 1838 y 1844 extrayendo de las antiguas ciudades multitud de monumentos que pueden verse en la actualidad en el Museo Británico.

Homero en su Ilíada menciona al pueblo de los Solimoi, cuya patria legendaria estaba en el monte Solima, el actual Bey Dagi, donde se han realizado excavaciones arqueológicas que han demostrado la existencia de asentamientos humanos de la Edad del Bronce. Los licios propiamente dichos, tienen su origen en un pueblo de la segunda mitad del segundo milenio a. C. llamado lukka, procedente del suroeste de Anatolia y mencionado por las crónicas egipcias e hititas. A pesar del dominio griego y posteriormente romano, este pueblo mantuvo su identidad licia hasta el final de la antigüedad.

Iniciaremos nuestro recorrido por la costa de Licia en Antalya, moderna ciudad fronteriza entre las regiones de Licia y Panfilia y una de las sedes más importantes del turismo internacional en Turquía. Desde aquí tomaremos la autopista costera para llegar en primer lugar a Limyra, junto al golfo de Finike, puerto emplazado sobre la antigua Fenicus. Al norte de Finike existen multitud de puntos con restos licios localizados en los valles de los ríos Aricandos y Limiros, que se desperdigan durante kilómetros y kilómetros a ambos lados de la carretera. Un caudillo local llamado Pericles gobernó el reino de Limyra en el siglo IV a. C. Su tumba ha sido recientemente descubierta con soberbios relieves de escenas guerreras que se encuentran en el museo de Antalya.

Desde aquí podemos llegar en pocos kilómetros al punto de mayor interés en esta parte de Licia. Se trata de Mira, un asentamiento espectacular sobre una montaña de paredes verticales, tachonadas de tumbas excavadas en la roca del precipicio. A esta necrópolis se accede por una escalera, también excavada en la roca, que asciende hasta el extremo occidental de la ciudadela, cuyas murallas del siglo VI a. C. son apenas visibles en la cumbre. Las tumbas y los sarcófagos que rodean la ciudad por sus caras sureste y suroeste son del siglo IV a.C., con forma de casa, a la manera de las antiguas viviendas licias. Y al pie de las mismas, puede verse uno de los teatros romanos más importantes de Turquía, en perfecto estado de conservación.

A todo lo largo de nuestro recorrido por la autopista de la costa, no podemos dejar de pararnos una y otra vez para contemplar las tumbas y relieves antiguos que aparecen desperdigados por los campos sembrados, cuya inspiración y factura son aún un misterio. Nunca en mi vida he visto tanta profusión de monumentos antiguos a lo largo de tantos kilómetros. Nuestra siguiente parada es la capital de la antigua Licia, la ciudad de Xantos, mencionada por Herodoto en su relato de la invasión persa de Licia en 546 a. C., en la que los xantios prefirieron inmolarse a rendirse a las tropas de Harpagón. El arco de Vespasiano nos recibe desde la misma carretera que conduce a estas impresionantes ruinas de las que Fellows extrajo, entre otros, los restos del monumento de las Nereidas que actualmente se exhibe, totalmente reconstruido, en una de las salas del Museo Británico. Un teatro romano del siglo II d. C. sirve de marco a dos de los monumentos más famosos de Xantos: la tumba-pilar y la tumba de las Arpías, con un soberbio sarcófago decorado de relieves, elevado sobre un pilar. Otra de las más famosas tumbas se encuentra junto al foro romano. Se trata de la “estela xantia”, una tumba pilar con doscientas cincuenta líneas de inscripciones griegas y licias que se ha convertido en la “piedra Rosetta” de la lengua licia.

Para visitar la ciudad de Pinara es necesario abandonar la carretera para adentrarnos en la montaña por una retorcida pista de tierra. Un pastor muy jovencillo, con quien pudimos entendernos en un rudimentario inglés, nos sirvió de guía para recorrer estas desiertas ruinas que luchan contra la maleza por preservar su existencia. Su difícil acceso y la situación de abandono de esta antigua ciudad, entre altas cumbres de montañas, le dan a esta visita un toque de aventura romántica que difícilmente puede describirse.

El emplazamiento de Pinara no ha sido excavado nunca, lo que lo convierte en el más espectacular de toda Licia. La mayor parte de la ciudad cuelga de una estrecha terraza de roca que se alza al pie de una meseta rocosa de quinientos metros de altura. Toda la pared de esta gigantesca masa de roca está salpicada de cientos de tumbas, la mayoría apenas un pequeño nicho abierto en la pared. La necrópolis sur, en cambio, contiene tumbas mucho más elaboradas, con formas de templo excavado, que se asemejan al estilo de arquitectura escultórica de las lejanas tumbas nabateas de Petra. El monumento más destacado es la llamada Tumba Real, en cuyos flancos pueden verse dos relieves de una ciudad rodeada de murallas. Un templo dedicado a Afrodita, otro a Artemisa y un teatro romano en perfecto estado completan la lista de edificios más importantes de la ciudad.

Nuestro viaje por Licia termina en Fethiye, la antigua Telmessos, la mayor ciudad de la costa de Licia, situada en una hermosísima bahía que es lugar preferido de multitud de veraneantes. Nuestra mejor recomendación es contratar uno de los numerosos cruceros que rodean la costa en tranquilos veleros, para contemplar desde el mar la espectacularidad de las tumbas reales talladas en la pared del acantilado. A decenas de metros de altura sobre el mar se encuentran las lujosas tumbas, con fachadas de columnas similares a las de los templos. La que más destaca es la de Amyntas, fechada en el siglo IV a. C. No podemos imaginar sensaciones mejores ni más relajantes para finalizar nuestro periplo por estas desconocidas tierras del sur de Turquía.