La destrucción del patrimonio cultural afgano


La destrucción del patrimonio cultural afgano

El próspero negocio de las obras de arte robadas

Autor: Juan Adrada

En medio del actual conflicto bélico, la destrucción sistemática de obras de arte afganas a manos de los saqueadores ha pasado casi inadvertida. La escarpada región de Ai Khanoum, escenario de violentos enfrentamientos entre los talibán y la Alianza del Norte, se encuentra situada en la confluencia de dos de los grandes ríos centrales de Asia, el Amu Darya y el Kokcha. Esta zona es uno de los tesoros arqueológicos más grandes de Afganistán. O al menos, lo era. El Ai Khanoum, como otros muchos sitios arqueológicos del país, ha sido saqueado y destruido a lo largo de los veintidós años de guerra que han asolado Afganistán. Río abajo, por el Amu Darya, la escena descrita por los reporteros que han accedido a la zona es la de una destrucción completa, por todas partes se extienden cientos de cráteres excavados por los cazadores de tesoros, que han hecho verdaderos estragos con su expolio.

El pasado de este lugar es una de las grandes páginas de la historia antigua. En 330 a.C., Alejandro el Grande llegó hasta aquí, apoderándose de los reinos locales y fundando ciudades, llegando a casarse con la princesa Roxane de Bactrian, dando así comienzo a la colonización griega. En 1963, arqueólogos franceses realizaron excavaciones en la rica ciudadela helenística de Ai Khanoum, encontrando los restos del palacio, algunos templos y un gimnasio. Los arqueólogos concluyeron que la ciudad había sido destruida probablemente al final del siglo II a.C. por tribus nómadas invasoras.

Poco antes de ser asesinado por un comando suicida, Ahmed Shah Massoud, comandante en jefe de la Alianza del Norte, prohibió las excavaciones ilegales en Ai Khanoum, pero la orden llegó muy tarde. Las antiguas fotos de los yacimientos arqueológicos muestran los restos excavados de los palacios y de los templos, pero ahora, después de dos décadas de anarquía y de pillaje, apenas existe ya nada.

El año pasado, los talibán volaron con explosivos los Budas gigantes tallados en la pared de un escarpado farallón de piedra en Bamián. En aquel momento, el Mullah Omar, líder espiritual de los talibán, comentó que no podía entender cuáles eran las quejas realizadas por el mundo entero sobre este tema, puesto que sus hombres “destruían únicamente unas piedras”. Pero había un elemento ideológico claro en este acto, que iba más allá de la destrucción de representaciones de la imagen humana, que están prohibidas por Islam. La destrucción de los Budas de Bamián formaba parte del proyecto de aniquilación de cualquier remanente de la herencia preislámica de Afganistán. Un esfuerzo motivado por la ideología extremista de los talibán, que creen en un islamismo internacional único y radical, y por lo tanto desdeñan la propia identidad nacional específica de Afganistán, su historia y su cultura.

En opinión del General Baryalai, de la Alianza del Norte, los talibán “han traido aquí a extranjeros no sólo para matar afganos. En Pakistán también aleccionan a muchachos de trece a quince años para destruir nuestra historia, nuestros museos y nuestros archivos”. De hecho, el rico museo de Kabul ha sido completamente saqueado, y todos sus tesoros más preciosos se han destruido o han sido robados y sacados del país a través de Pakistán, para venderlos en el mercado internacional de obras de arte robadas. Esto incluye las extraordinarias y hermosas esculturas de Gandharan, de estilo indo-helénico, mezcla única de la cultura oriental y occidental, que combinaron influencias griegas y budistas clásicas.

Incluso en medio del conflicto actual, y a pesar de la prohibición de hacer excavaciones furtivas en Afganistán, los distribuidores de antigüedades todavía están realizando importantes negocios. El pasado mes de octubre, el periodista Tim Judah, autor del libro Kosovo: War and Revenge, describía desde Afganistán a los medios de comunicación occidentales cómo conoció a Haji Yaqub, un comerciante de antigüedades de Khoja, ciudad controlada por la Alianza del Norte, y cómo este le mostró una serie de cajitas de cerillas sucias en cuyo interior pudo ver monedas de plata indogriegas, del rey Demetrius I, de cerca del 200 a.C. y una moneda de oro de la cultura de Kushan, fechada hacia el año 100 d.C., junto a delicados pendientes de oro con más de dos mil años de antigüedad, sellos y otros ornamentos preciosos.

Según explica Judah, durante los últimos treinta años Haji Yaqub se ha enriquecido como distribuidor de antigüedades, saqueado todo lo que ha podido encontrar en Ai Khanoum y otros sitios arqueológicos próximos, o comprando a los campesinos lo que encontraban mientras labraban sus campos. Cuando le traen algo de calidad, se pone en contacto con sus distribuidores en Paquistán y envía a sus agentes para realizar el regateo y cerrar la venta. Estos distribuidores llaman a su vez a sus contactos, que les compran a ellos antes de vender sus mercancías a los coleccionistas y a los museos de occidente.

Ahora Haji Yaqub se lamenta de que el negocio es malo. “Es duro enviar a mis hombres a Paquistán, en primer lugar porque deben cruzar la frontera ilegalmente a través de zonas muy peligrosas; y en segundo lugar, porque si les encuentran los talibán con estas cosas, se las roban para venderlas ellos mismos”. También dijo: “Al principio, hace veinte o treinta años, podías encontrar joyas de oro y estatuas. Ahora hay menos”.

Según parece, ninguna solución es posible hasta que no cesen las luchas y Afganistán recupere un mínimo de estabilidad y de cordura. Tal vez entonces exista alguna oportunidad verdadera de intentar hacer algo para desterrar el saqueo sistemático de la herencia cultural del país. Sin embargo, para cuando esto suceda, puede ser demasiado tarde.