Filosofía es aventura


 

Filosofía es aventura

Autor: Juan Adrada

El sol se pone tras el Valle de los Reyes. Más allá, tan sólo se extiende la inmensidad del desierto de Libia. El cielo, que hasta hace un instante era intensamente azul, adquiere un tono rojizo, y en unos minutos el disco solar habrá iniciado su recorrido por los mundos subterráneos, mientras la noche acoge en su seno la Tierra de los Dioses. Claramente se distingue el gigantesco barco de piedra del templo de Luxor tiñéndose de rosa y violeta, y las palmeras proyectan sobre el Nilo el reflejo de sus troncos esbeltos y sus verdes copas. Un grupo de niños juega en el agua, mientras sus madres lavan la ropa sobre las piedras como hace cinco mil años. Al pasar, nos saludan con la mano. Los niños gritan y ríen. Fascinado por este espectáculo, siento que el tiempo se detiene. Sólo el viento sobre la vela se deja sentir, mientras un capitán de quince años sujeta con mano experta el timón de la faluca que nos transporta nuevamente a la orilla este, al mundo de los vivos. De pronto, y como acompañando a la puesta de sol, suena a lo lejos la voz del muecín que desde la mezquita llama a la oración. Como si fuera una respuesta, nuevas voces resuenan desde los innumerables minaretes que dibujan su silueta en el horizonte, alabando al dios que adoran todos los hijos del Profeta. Dentro de mí suena una voz que dice: lo hemos logrado. Nuestro peregrinar por tierras extrañas ha dado fin. Hemos conquistado nuestro espacio y nuestro tiempo sagrado. Hemos regresado a la patria perdida.

Aquel día iniciaríamos el regreso que nos llevaría de vuelta a casa a través de Libia, Túnez y el Mar Mediterráneo. Sólo siete semanas antes estábamos en España, terminando los preparativos de nuestra última aventura. Gracias a la ayuda económica de varias instituciones, mi esposa y yo íbamos a intentar circunvalar en solitario la cuenca del Mediterráneo a bordo de un todo terreno, recorriendo Europa y Oriente Medio hasta Egipto, y desde allí retornando nuevamente a Europa a través del norte de Africa. Doce países en tres continentes, documentando fotográficamente las ruinas de las antiguas civilizaciones que dieron origen al mundo mediterráneo. Un reencuentro con el pasado y con los personajes que escribieron la Historia. Un viaje hasta el corazón de la cultura más remota, que acabaría convirtiéndose en un viaje al interior de nosotros mismos.

El viaje ha sido desde los tiempos más remotos el más elaborado símbolo de la iniciación y del despertar interior. El filósofo anhela que su viaje sea largo y lleno de aventuras y experiencias. Una oportunidad de enfrentar los temores más profundos, sentir las más excelsas emociones y descubrir los secretos más ocultos. Las tres cosas anidan en el fondo del corazón, y convierten al hombre que busca, al hombre consciente, en guerrero, poeta y místico. Lo temores salen a la superficie enfrentando las dificultades del camino, y los peligros desconocidos, reales o imaginarios, que prueban nuestro temple, intentando doblegar nuestra voluntad y nuestra constancia. Transformando nuestra naturaleza mundana en condición heroica. Las emociones más bellas despiertan cuando el alma descubre con mirada romántica los maravillosos paisajes nunca vistos, las puestas de sol en países lejanos y los muros arruinados de las viejas ciudades, en otro tiempo ricas y llenas de vida. El misterio es el campo de acción de la inteligencia, que sabe discernir el camino correcto, e interpreta los símbolos con los que los dioses nos hablan, mientras descubrimos la ruta hacia nuestro propio ser interior, enriqueciendo el alma con la experiencia, que es el camino recorrido, y la imaginación, que es el camino por recorrer.

Desde los primeros años que vieron el origen de este movimiento filosófico, los acropolitanos hemos destacado por una tradición viajera y aventurera que nos ha llevado a recorrer los cinco continentes, buscando nuestros ancestros culturales y filosóficos. Excursiones, viajes de estudio, viajes de investigación y exploraciones de toda clase han formado una parte fundamental del programa de actividades de la Asociación Cultural Nueva Acrópolis. El primer ejemplo lo tuvimos en nuestro Maestro y Fundador, el doctor Jorge Angel Livraga, que desde muy temprano apoyó la labor de sus colaboradores viajando por todo el mundo allá donde surgía una nueva estructura federada a la Organización Internacional Nueva Acrópolis, dando clases y conferencias, y dirigiendo reuniones de trabajo. En aquellos viajes nunca faltaba una ocasión para acercarse a visitar los restos de algún viejo templo o las ruinas de una antigua ciudad, y escuchar el mensaje que la historia había dejado impreso en sus piedras. El doctor Livraga fue el primero en enseñarnos a sentir la Historia y a descubrir la riqueza de las diferentes culturas. En sus clases y en sus escritos siempre se dejaba sentir el asombro y la admiración que le producían los diferentes países que visitaba, sus culturas y sus tradiciones. Profundizaba en todas ellas, intentando comprenderlas por muy extrañas que fuesen, buscando penetrar en el misterio del ser humano, para poder crear un nexo de unión y de comunicación real entre los hombres más allá de sus diferencias.

En la década de los sesenta, cuando el movimiento acropolitano a penas había extendido su actividad por seis o siete países de América, ya sus primeros miembros organizaron numerosos viajes culturales y arqueológicos a tierras de Perú, Bolivia o Méjico, en busca del legado de las antiguas civilizaciones inca, tiahuanacota, azteca y maya. A veces las condiciones eran muy duras, con pocas comodidades y medios muy escasos, y los caminos no estaba exentos de peligros en una época en la que viajar no era algo tan cómodo y organizado como nos lo brindan las modernas agencias.

Cuando en 1.972 la profesora Delia Steimberg Guzmán inició las actividades de Nueva Acrópolis en España, Europa abrió sus puertas, y la cultura occidental brindó sus frutos a un gran número de estudiantes acropolitanos ansiosos por recorrer los principales museos y monumentos del mundo. A Madrid, Toledo, Granada y otras muchas capitales españolas, les siguieron varios viajes por Francia, Portugal, Bélgica, Marruecos, Alemania, Austria…

En 1.978 los acropolitanos acudieron por primera vez al encuentro de una de las herencias culturales que más ha influido en el Ideal Acropolitano: el antiguo Egipto. Las ruinas del país de Kem se abrían ante un nutrido grupo de filósofos, buscadores de conocimiento, que contemplaban con los ojos abiertos de par en par las maravillas de una de las civilizaciones más extraordinarias y sorprendentes que ha forjado el hombre.

Yo me incorporé por primera vez a esta sed por conocer nuevas tierras en 1.979, participando del viaje que concentró en Londres a acropolitanos de todo el mundo para participar de la XVI Reunión Internacional. Contaba en aquel entonces diecisiete años, y desde ese momento hizo efecto en mí el veneno de la aventura, y nunca he podido curarme de la necesidad de ver por mí mismo qué hay más allá del horizonte. Distintos países, distintas lenguas, distintas culturas, distintas creencias y una misma humanidad. Viajar y conocer el mundo: una necesidad vital que heredé de mis Maestros y que comparto con numerosos acropolitanos de todas partes, que aspiran a una formación filosófica sin fronteras.

Anualmente, desde 1.963, los Directores Nacionales de Nueva Acrópolis en los diferentes países donde esta desarrolla su actividad, celebran una reunión bajo la dirección de su Presidente y la coordinación del Secretario General, que tiene lugar cada año en un pais diferente. En varias jornadas de trabajo se revisa la actividad de la Organización Internacional durante el año anterior, y se planifica la programación cultural del siguiente. También se exponen los trabajos de investigación llevados a cabo en cada país en el transcurso del año, y la ocasión es aprovechada para toda clase de encuentros e intercambios culturales, en los que actualmente participan acropolitanos de cuarenta y dos países, de cuatro continentes. La actividad de Nueva Acrópolis en tantos lugares distintos facilita la existencia de un foro de intercambio cultural, imprescindible para crear un nexo de comunicación entre distintas culturas y tradiciones. Las reuniones se complementan con visitas turísticas a lugares de interés histórico, exhibiciones artísticas y celebraciones de toda índole.

En 1.979 visitamos la capital británica y recorrimos el sur de Inglaterra con visitas destacadas a Winchester, Salisbury y el complejo megalítico de Stonehenge. En 1.980 se viajó por primera vez a Grecia, recorriendo los principales lugares arqueológicos, y en 1.981 un destacado número de asociados y simpatizantes participó de la Reunión Internacional de aquel año, que tuvo lugar en Roma. Venecia, Pisa, Florencia y otras ciudades italianas fueron el escenario de varias excursiones culturales.

El primer viaje acropolitano por tierras de Asia tuvo como escenario en 1.982 la ciudad de Estambul, en Turquía, antigua capital del Imperio Bizantino y una de las ciudades más exóticas que existen. El viaje se combinó con una visita a Bulgaria, por aquel entonces todavía un país comunista, y con una infraestructura turística prácticamente inexistente. Toda una aventura. Pocos meses más tarde comenzarían las actividades de la Asociación Cultural Nueva Acrópolis en Turquía.

En septiembre de 1.983 segundo viaje a Egipto. En 1.984 a Venezuela. En 1.985 viajamos a Bruselas. Y en 1.988 tuvo lugar una aventura exótica por las tierras de la India milenaria, recorriendo Nueva Dheli, Agra, Jaipur, Kahurao, y Benarés, extendiendo el viaje hasta Nepal, y visitando Katmandú. La Reunión Internacional de 1.989, en Lima, sirvió de trampolín a un grupo de arriesgados acropolitanos que recorrieron las tierras de Perú de norte a sur, visitando las ruinas arqueológicas de las culturas prehispánicas, desde Chavín hasta el Machu Picchu. Dos acontecimientos de características muy diferentes destacaron en aquella ocasión. El primero, el peligroso encuentro de un grupo de acropolitanos con miembros de la guerrilla Sendero Luminoso cuando volvían de visitar las ruinas de Chavín de Huántar, y que se saldó sin incidentes. El segundo, la entrevista realizada por los profesores Horacio Labat y Juan Manuel Faramiñán a la investigadora María Reiche, principal especialista del lugar arqueológico conocido como las “rayas” de Nazca, pocos tiempo antes de que esta falleciera.

Para aquel entonces la actividad de Nueva Acrópolis se había extendido por más de cuarenta países del mundo entero, y para su fundador y Director Internacional, el profesor Livraga, viajar había dejado de ser sólo un placer, para convertirse en un deber que le llevaba cada año a visitar la práctica totalidad de las estructuras acropolitanas en funcionamiento. En la gira por países americanos que desarrolló en 1.989 recorrió más de cuarenta mil kilómetros en dos meses. Hacía mucho tiempo que las visitas culturales habían quedado en un segundo plano frente a las cada vez más frecuentes reuniones, conferencias, entrevistas y ruedas de prensa que daban cuenta de su actividad por todo el mundo.

Uno de los últimos viajes que realizó poco antes de fallecer en octubre de 1.991 fue a Rusia, donde pudo hablar ante más de un millar de acropolitanos, que llenaban uno de los principales teatros de Moscú, y recibir a los medios de comunicación en una rueda de prensa multitudinaria, que sirvió para difundir por toda Rusia sus propuestas y su visión mágica de la vida. Una despedida digna de un hombre que dedicó su vida entera a extender por el mundo un ideal de fraternidad basado en la cultura y en la filosofía como transformadoras del hombre y de la sociedad.

La profesora Delia Steimberg Guzmán estrenó su nombramiento como nueva Presidenta de la asociación en la Reunión Internacional de Atenas de 1.992. La oportunidad sirvió también para recorrer los lugares que dieron origen a la civilización helénica: Egina, Micenas, Epidauro, Delfos y la propia Atenas fueron los objetivos. 1.993 nos trasladó a Brasil, de donde surgió un nuevo trabajo de investigación antropológica de los profesores Labat y Faramiñán sobre la umbanda. Y en 1.995 varios acropolitanos formamos parte de una de las aventuras más emocionantes que se han llevado a cabo, con dos expediciones de investigación etnográfica a la misteriosa Isla de Pascua, en el Pacífico Sur. Finalmente, 1.997 nos ha llevado nuevamente a Estambul, ampliando esta vez nuestro recorrido por la costa egea de Turquía, con visitas a Troya, Pérgamo, Efeso, Hierápolis, Bursa y Sardes.

Desde que Nueva Acrópolis existe, los acropolitanos nunca hemos dejado de viajar por una u otra causa, creando lazos de fraternidad y de comunicación entre idealistas de todo el mundo que vayan donde vayan, saben que siempre tienen un lugar donde acudir y un grupo de personas hermanadas por un mismo Ideal que, conocidas o no, nos abren las puertas de su corazón. Numerosos proyectos de colaboración internacional dan testimonio de ello: ayudas sociales a paises del tercer mundo, intercambios editoriales para la publicación de libros y revistas, difusión internacional de trabajos de investigación, viajes de formación a diversos países para completar estudios y perfeccionar técnicas, congresos internacionales, exposiciones artísticas, premio internacional de piano, difusión de información y comunicaciones a través de Internet… En definitiva, un foro de jóvenes idealistas que más allá de nacionalidades, religión, razas o culturas diferentes, apuestan por una vía de transformación del hombre a través de una filosofía atemporal.

Dicen que viajar es una de las mayores sensaciones de libertad que puede experimentar el hombre. Yo soy testigo de ello. Jamás me he sentido más libre que al volante de un automóvil recorriendo países desconocidos con culturas extrañas. Pero para el verdadero viajero, la aventura no existe si no existe el riesgo. Las novelas de aventuras del romanticismo decimonónico llenaron mi imaginación adolescente con ciudades perdidas, tesoros escondidos y misterios sin resolver, que me han acompañado durante toda mi vida. Allí aprendí que la emoción más intensa, la libertad más verdadera, no se saborea hasta que tienes en tus manos el mapa del tesoro perdido, y recorres la línea de puntos que te lleva, pista tras pista, hasta el sitio marcado por la X, el lugar donde yacen escondidos desde mucho tiempo atrás, el oro y las joyas que te esperan.

Para el filósofo, el verdadero viaje es el que lleva, experiencia tras experiencia, aventura tras aventura, hasta la patria perdida, la Itaca interior donde el héroe, tras vencer los peligros, encuentra el único tesoro verdadero: el oro de su propia conciencia inmortal. Es el viaje de la vida, que sólo adquiere rumbo y sentido cuando reconocemos nuestra patria celeste y enfilamos hacia ella la proa de nuestra nave.

Viajero que me estás leyendo, ven conmigo. La aventura nos está esperando.